Escrito por Encarna
Al señor Alonso le encantaba leer. Le gustaban los poemas de amor y las novelas de pastores, las historias de viajes y los versos. Pero lo que lo volvía loco de verdad eran los libros de caballerías. Hoy ya nadie los lee pero en la época de don Alonso la gente los adoraba.
Los libros de caballerías contaban las aventuras de unos tipos la mar de valientes que se hacían llamar "caballeros andantes". Iban por los caminos a caballo, con una lanza en la mano, una espada colgada del cinto y un escudo apretado contra el pecho. Buscaban malvados a los que derrotar y huérfanos y viudas a los que defender. Dormían en el bosque bajo un manto de estrellas y soñaban con hermosas princesas a las que habían jurado amor eterno. Y no pasaba un solo día sin que lucharan contra un brujo que les tenía manía, contra un ejército de bribones o contra un dragón que vomitaba fuego. Un buen caballero andante estaba dispuesto a dar su vida por los demás y no le tenía miedo ni a la mismísima muerte. ¡Ah la vida de los caballeros andantes era maravillosa! O al menos eso era lo que pensaba el señor Alonso Quijano.
El caso es que el señor Alonso se aficionó tanto a los libros de caballerías que dejó de comer y de dormir, porque no hacía otra cosa más que leer y leer. Incluso llegó a vender buena parte de sus tierras para comprar libros y más libros. Hasta que por culpa de tanto leer y tan poco dormir se le secó el cerebro y se volvió loco. Y entonces dijo:
- ¡Voy a ser caballero andante! Me llamaré don Quijote de la Mancha e iré por los caminos buscando aventuras. En dos días mataré más gigantes que el emperador Carlomagno en toda su vida.
No había duda: ¡don Alonso estaba loco de remate!
Fuente: Agustín Sánchez Aguilar, Érase una vez Don Quijote. (Adaptación)